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Bilbao

Unai Aranguren (Galdakao, Bizkaia, 1971) siempre lo ha tenido claro, lo suyo es el campo. Estudió un grado superior sobre Trabajos Forestales y desde hace 18 años compagina el trabajo en el campo con su labor como formador de jóvenes en el sindicato agrario vasco EHNE-Bizkaia. Sus retos pasan por compaginar el trabajo que requieren sus tres hectáreas de campo en propiedad con las responsabilidades en el sindicato y en la crianza de su primer hijo, Oihan (selva, en euskera), de un año. Y su futuro pasa por conseguir dedicarse a tiempo completo a sus tierras, las que buscó por todo el País Vasco y en las que invirtió 60.000 euros junto a su compañera para plantar en ellas árboles frutales hace ya cinco años.

Como Aranguren, el 50% de la población mundial trabaja en el campo, aunque en Europa tan solo sean un 3% de la población activa. “Los pequeños campesinos gestionamos un tercio de la tierra para producir el 80% de los alimentos, pero es la gran distribución y las multinacionales las que controlan después el sector: la alimentación ha dejado de ser un derecho para ser un gran negocio”. Aranguren compagina su discurso político con las preocupaciones propias de un agricultor y las de un padre ilusionado con vivir de la manera que más le gusta, en medio del campo. Como sindicalista, las palabras que más se repiten en su vocabulario son dos: soberanía alimentaria. “El derecho a elegir cómo queremos ser alimentados”, explica.

Son las cuatro de la tarde del mes de junio, pese a estar a las faldas del monte Gorbea en Álava, el sol aprieta. Aranguren acaba de llegar de la ciudad y debería sacar ahora la desbrozadora. Sin embargo, está a falta de un mes de recibir a 500 líderes campesinos de 164 organizaciones de 73 países diferentes. Debe posponer las necesidades del campo por las de la oficina. “El pulgón nos ha invadido ya media parcela. La naturaleza es sabia, espero que comprenda que es por una buena causa y no me joda la parcela completa”. Ahora habla el campesino.


Campesinos unidos por la soberanía alimentaria

Del 16 al 28 de julio en Derio, Bizkaia, se reunirá “el mayor movimiento social surgido en los últimos 25 años”, La Vía Campesina. Y lo hará en Europa después de 20 años de su primer encuentro en el continente y tardará otros 20 en regresar. “La organización surgió en el año 93 cuando Francia quemaba camiones con productos de España y España quemaba los que portaban productos de Marruecos. Comprendimos que teníamos que permanecer unidos para defender el gran nexo en común: la soberanía alimentaria”. Y es ese nexo el que une las preocupaciones de Aranguren con las de un campesino de Mali en África o las de un pequeño productor de Canadá. “Y son también sus experiencias de éxito las que me dan ideas para enseñar después a nuestros jóvenes e incorporar en mi parcela”.

Durante un viaje a Cuba en el verano de 2011 con La Vía Campesina, Aranguren comprendió que las agroecología, la gestión sostenible de la agricultura, era posible. “La Isla consiguió en 15 años producir el 80% de sus alimentos”. La caída de la URSS sumió a Cuba en una gran crisis alimentaria que le obligó diseñar una política agraria que hoy llena de esperanza a productores que, como Aranguren, persiguen políticas públicas con este enfoque. De aquel viaje regresó con la idea clara de que la agroecología va más allá de una etiqueta en los productos y en 2014 veía con satisfacción cómo el Gobierno Vasco testaba en cuatro colegios públicos abastecer los comedores escolares con productos de agricultores locales. La iniciativa la había planteado su sindicato junto a otros actores sociales de Euskadi.


Intercambio de casos de éxito

Años antes, también de la mano de La Vía Campesina, Aranguren descubría en Francia las AMAP, la iniciativa gala por mantener una agricultura basada en pequeños productores. A los pocos meses convocaba en Durango (Bizkaia) a través de EHNE a jóvenes de todo el Estado para testar circuitos cortos de comercialización. Ahora mismo tan solo en Bizkaia trabajan más de 100 pequeños agricultores para abastecer a 2.000 familias con una cesta mensual de productos locales. En la huerta de Aranguren la hierba también ha ocupado el espacio que antes dedicaba a la producción de cinco de esas cestas. “En cuanto pase el encuentro, recuperaré la actividad y esperamos obtener medio sueldo con esa producción”.

No todo son casos de éxito y experiencias prácticas. Durante los cuatro años que Aranguren lleva en el Comité de Coordinación Internacional de La Vía Campesina por Europa junto a la alemana Paula Gioia, también ha tenido que atender la llamada de auxilio de las organizaciones indias ante el creciente suicidio de sus campesinos por no poder hacer frente al pago de sus créditos para semillas o el relevo sistemático de representantes de Brasil ante las continuas amenazas a sus líderes campesinos. “En el próximo encuentro también hablaremos del acaparamiento de tierras, de los desplazamientos forzados, de la creciente criminalización de los movimientos campesinos y de la situación de la mujer”, enumera.


Claves del encuentro en Bizkaia

Uno de los hitos del próximo encuentro en Derio estará en el avance por la Declaración Universal de los derechos del Campesinado ante Naciones Unidas. Tras un proceso de 18 años, La Vía Campesina repasará el documento final con el que trabaja junto a la ONU para declarar los nuevos derechos del campesinado. “Pensamos que en septiembre de 2018 en la cumbre de Nueva York de Naciones Unidas puedan los gobiernos aprobar esta declaración que nos aportará un gran marco legal con el que seguir luchando por vivir en el campo y del campo”.

A las gestiones de la oficina, en la huerta y en la familia, a Aranguren se le suma estos días también las de la Universidad. La ONG Mundu Bat, junto a La Vía Campesina y el Instituto de los Derechos Humanos de la Universidad de Deustocalientan motores ante el encuentro y debaten con juristas y activistas de todo el mundo el enfoque más práctico de la declaración universal del campesinado.

“Ante la violación sistemática de los derechos de los campesinos en muchas partes del mundo, usamos los derechos universales que ya existen en los tratados internacionales para denunciarlos ante las Naciones Unidas”, expresa Ana María Suárez Franco, representante de FIAN, primera organización internacional que lucha por la realización del derecho a una alimentación adecuada, en Ginebra. Su último caso estudiado es la ocupación de recursos y ejercicio de violencia contra campesinos de Honduras en el bajo Aguán. “Con un reconocimiento de los derechos de los campesinos al uso del agua, al acceso a las semillas podrán las Naciones Unidas vigilar mejor a los gobiernos”, señala.

Aranguren participa también en el foro y se acuerda de su vecino Félix, ganadero jubilado de 74 años y fiel compañero de banco las tardes de sol en Guillerma, localidad alavesa de 40 habitantes en la que vive. “¿Todos estos viajes que haces y todos esos foros en los que participas para qué sirven?”, le pregunta siempre intrigado su vecino. “Cambiarán el mundo pero tu huerto da pena verlo”, le insiste siempre. Y así es. “Hoy dedicarse al campo y comer de tu propio huerto supone mucho tiempo y un acto revolucionario ante el sistema actual: yo decido lo que quiero comer y lo produzco”.

Aranguren comparte las tardes de sol con Félix, las aspiraciones revolucionarias con su pareja Nerea Idígoras – “Sin ella nada de esto sería posible”- y los éxitos con más de 220 millones de campesinos de todo el mundo a través de La Vía Campesina, la gran red social del campesinado del siglo XXI, que en julio se reunirá en España para fortalecer sus luchas.

EL PAÍS. Iñaki Makazaga