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El color ha cambiado, poco a poco y sin saber muy bien si ha sido la luz o alguien venia mientras descansaba y nos cambiaba el mundo de color. Un día de repente te das cuenta que nada es lo que es, que nos han trasladado desde nuestro espacio al de otros. Cierras los ojos para forzar el recuerdo, casi perdido, de como era todo hace unos cuantos años. Hoy mis brazos extendidos rozan las paredes donde vivo, largos pasillos en una variedad monocromática donde escasean las ventanas y todas miran a un destino. Un destino incómodo y no querido que sin embargo parece ser el que es, el único que fue y por supuesto el que será.

Incómodo gritas, ensucias las paredes que no te gustan, te vas reuniendo con más personas que, como tú, se atreven a levantar su voz, a mostrar su enfado. Reclamas día tras día algo que fue, sin embargo el proceso sigue. Las luces bajan y los pasillos se alargan y al estirarse las ventanas se hacen más estrechas y piensas “a esta marcha llegará el día en que se cerrarán”. Gritas más alto, ...nos juntamos más. La desorientación se desvanece pues parece que solo hay un camino que andamos sin querer ir, ya estamos orientados pero no hemos sido nosotros los que hemos decidido ese norte.

Te vas a dar cuenta de lo que has estado callando, de lo que has guardado como un pliegue más de tu chaqueta, de lo sofocado con violencia que no hizo brotar sangre, cuando a la luz de una calle y a vista de peatón quieras decirlo, cuando reúnas el valor y de pie te muestres, te vas a dar cuenta.

De que vigilas de soslayo las cámaras, de que late más fuerte tu corazón, la policía. De lo correcto e incorrecto que avistó tu mente. De las miradas a las que eres fiel y que también te dominan.

Muchos de nosotros crecimos en unos hogares donde la gestión de la economía familiar estaba claramente distribuida entre ingresos y gastos. Los ingresos correspondían al hombre, nuestros padres. Ellos trabajaron fuera de casa, se encomendaron a la tarea de traer un sueldo. Su encomiable acción, que la mayoría ejercieron con empeño y tesón, aportaba los únicos ingresos que entraban en la mayoría de las familias. Unos ingresos, que se fijaban sin que nuestros padres tuvieran apenas capacidad de afección sobre la cuantía. Salvando a los más emprendedores, el resto se afanaban en ir escalando posiciones en la empresa y así poder mejorar sus ingresos, sin representar ésta, en la mayoría de los casos, una variación sustancial.

Querido lector que has decidido coger esto y leerlo, tómate tu tiempo.


Una historia del Tiempo

Érase una vez, no hace mucho, pues podría estar ocurriendo hoy mismo, en un lugar no muy lejano, pues podría ser aquí mismo, un personaje desconocido, o no tanto, pues podrías ser tú mismo, escribía tranquilamente una historia que decía lo siguiente:

El pobre Tiempo se sentía solo, nadie sabía decirle por qué se estaba tan triste, pero él no lo podía evitar. Sentía como si la gente hubiese dejado de quererle, como si le hubiesen abandonado, ¡como si le odiasen, incluso!

A veces le parecía oír murmullos de voces que le echaban las culpas de cosas que él no conocía, cosas de las que él no tenía la culpa. Unas veces oía decir “Yo lo haría si tuviera más tiempo...” otras escuchaba “No tengo tiempo, que sino te ayudaría...”.

Esas voces sonaban angustiadas, tristes. Estresadas. Y le echaban a él las culpas, pero ¿cómo iba a ser él el responsable de la falta de tiempo de cada uno? Él daba la misma cantidad a todos, así que ¿cómo unos son felices y otros se sienten angustiados teniendo todos lo mismo?. Estas y muchas otras preguntas pasaban por la cabeza del pobre señor Tiempo que cada día estaba más desconsolado.

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