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Madrid

Por Sonia Felipe Larios para blog Alterconsumismo de El País

Lunes 30 de noviembre de 2015. Empieza la Cumbre del Cambio Climático en París cuando algunos comercios todavía no han retirado sus carteles promocionales del Black Friday y otros lucen nuevos descuentos en el Cyber Monday. Uno podría preguntarse qué relación existe entre ambas cosas, si lo primero es un evento protagonizado por los grandes líderes mundiales que por fin han tomado conciencia de que el cambio climático ha venido –o mejor, lo hemos traído- para quedarse, y el segundo está vinculado a un consumo particular del que solo yo y mi bolsillo somos responsables. Pues tiene que ver, y mucho. Porque es nuestro modelo de consumo el que está en entredicho y somos nosotros, como consumidores, quienes podemos marcar las reglas del juego.

En las últimas décadas se ha impuesto un modelo de producción y consumo tan frenético y devorador de los recursos naturales que hemos perdido el sentido de la normalidad, de cuáles son nuestras necesidades reales y qué mecanismos de producción, distribución o financiación hay que poner en marcha para satisfacerlas. Así lo recoge el documental Normal is over, escrito y dirigido por la periodista holandesa Renée Scheltema, que se estrenó recientemente en Barcelona en el Festival Internacional de Cinema del Medi Ambient. Hemos aceptado con tanta facilidad superar los límites del sentido común en nuestro consumo y modelo de desarrollo, que la normalidad ha desaparecido. Y esto se aplica tanto a las finanzas, inmersas en juegos especulativos sobre el precio del cereal en 2020 y alejadas de la economía real y productiva, como a la forma de producir alimentos o la realidad tras la ropa que llevamos.

Parece que tiene que pasar algo drástico o que nos afecte de forma muy directa para que nos demos cuenta de nuestra responsabilidad en el cuidado del medio ambiente. Como la boina de contaminación que sufrimos en Madrid desde hace semanas y que ha obligado al ayuntamiento a poner en marcha el protocolo anti contaminación limitando la velocidad en algunas vías o el aparcamiento en zonas céntricas. De repente, la contaminación se convierte en un problema de todos que nos obliga a dejar el coche en casa o reducir la velocidad. Esto, en lugar de ser algo pasajero que termine una vez que la boina se reduzca, debería hacernos reflexionar sobre lo próximo que nos resulta este problema y plantearnos cómo nos desplazamos, qué coche usamos, qué alimentos comemos o en qué viviendas vivimos.

No es cuestión de hacernos el harakiri cada vez que cogemos el coche o nos compramos ropa, sino más bien de entender y conocer la importancia que tienen nuestras decisiones de consumo en el modelo de sociedad que tenemos. Esto, sin excluir de sus responsabilidades a los gobernantes y las grandes empresas, que deben tomar las medidas adecuadas para frenar el cambio climático y promover una economía sostenible. Pero no olvidemos que somos nosotros, ciudadanos particulares, quienes votan a los gobernantes y compran los productos y servicios a las empresas.

Existen opciones. Podemos optar por el transporte público o por un coche híbrido o con bajas emisiones de CO2. Podemos conocer la calificación energética de nuestra vivienda y mejorarla. E incluso contratar energía verde. Podemos consumir ecológico y optar por comercios donde ejercer un consumo responsable. Podemos optar por un teléfono de comercio justo. Y si optar por algunas de estas cosas nos parece ir demasiado lejos y complicarnos más de la cuenta, podemos simplemente reducir nuestro nivel de consumismo, y plantearnos si realmente es preciso cambiar de móvil cada vez que sale un nuevo modelo aunque el nuestro funcione. Si hacer deporte supone estar equipado con las últimas novedades del mercado. O si queremos dejarnos seducir por descuentos de “ahora o nunca” como los que brinda el Black Friday, que no siempre han sido tales. Ejercer una especie de consumismo “consciente”, de forma que incluso en nuestras compras menos necesarias o responsables podamos poner cabeza y aplicar cierta limitación, teniendo en cuenta los recursos necesarios para fabricar un producto y lo que esto supone para el planeta.

Economía, consumo y medio ambiente van de la mano, de las nuestras para ser exactos. El cambio climático no es algo vinculado exclusivamente con el uso de carbón, la extracción de petróleo o la escasez de agua. Todos estos elementos, y muchos más, son necesarios para producir los bienes materiales que consumimos y que muchas veces no satisfacen necesidades reales, sino más bien rellenan huecos existenciales, como diría mi buen amigo Joan Antoni Melé. El consumismo en el que hemos caído en los últimos años, y el expolio de los recursos naturales que le acompaña, son responsables directos de los problemas que estos días se debaten en París. Y nosotros, como ciudadanos, como consumidores, podemos tener la última palabra.